
Lo Primero que se ve en lo de Oscar
Duro es recomponerse de una noche así. Duro para mi, no creo para ellos.
En “La vieja esquina de Oscar” no hay desperdicio. El talento flota en el aire… y en un vaso de vino.
Perdido en una esquina cualquiera de Lomas de San Martín, este bar se convierte en un habitué para algunos, una “zona de paso” para muchos y el rejunte de personas que solo se quedan porque realmente quieren escuchar.
En La vieja esquina de Oscar, las edades se mezclan pero no se suman. El espíritu joven se mantiene y se canta. Tres guitarras se apoderan de sus ejecutantes momentáneos y manejan la situación. Voces devenidas en años pero no en calidad y brillo, inundan y envuelven el pequeño bodegón.
Sentada en una mesa, desde una posición privilegiada, observo el devenir de la peña. Ese calificativo suena a mucho, ya que más que peña, lo que se vive en “lo del cabezón” (Oscar), es una reunión intima entre amigos de la noche; entre compañeros de la música y de la nostalgia.
Un tango nos da la bienvenida. Tras ser atendidos por el mismo Oscar como si estuviéramos en su casa (que de hecho lo es), disfrutamos una cerveza mientras éramos advertidos por las compañías. Caras nuevas pero siempre bienvenidas.

1º guitarra: “El Sr. de los punteos”. 2º guitarra: “toca buenos tangos”. 3º guitarra: “Oscar”
Entusiasmados con lo que acontecía, de repente mi compañero fue sorprendido por un pedazo de manzana que llegó ofrecido por un señor de la mesa aledaña. Sin titubear en la respuesta, la aceptó agradecido y de a poco nos sentimos “adeeentro”.
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